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La Historia que te cuentas – The Story you tell yourself

LA HISTORIA QUE TE CUENTAS

(Fragmento del libro ” Cómo Crear Una Vida Maravillosa”)

 

«La historia que te cuentas es la canción a cuyo ritmo se mueve toda tu vida».

(Pilar L. Cárdenas)

El sentido que le damos a nuestras vidas está influido por las historias que nos contamos sobre nosotros mismos. Lo que incluyamos en esas historias puede sernos útil y ayudarnos o ser muy perjudicial y autolimitarnos. A menudo podemos sentirnos atrapados por el personaje que nos hemos creado y por una historia saturada por el problema, problema sobre el que consideramos tener poca o ninguna influencia.

Las personas no solo damos sentido a nuestras experiencias al narrarlas, también actuamos y somos en el mundo a través de las historias que nos contamos. Algunas de estas historias promueven la competencia y el bienestar; otras sirven para constreñir, trivializar, descalificar o desmotivarnos a nosotros mismos, a los demás y a nuestras relaciones. La historia particular que prevalezca o domine, dando sentido a los eventos de nuestras vidas, determinará la naturaleza de nuestra experiencia vital y de nuestros patrones de acción. Cuando prevalece una historia saturada por el problema repetidamente, caeremos en las decepciones y la miseria.

Hacernos capaces de contarnos otras historias puede elevarnos, fortalecernos, liberarnos, revitalizarnos sobre nosotros mismos y, en ocasiones, desprendernos del pesado personaje que nos oprime. Hay una necesidad de nuestro subconsciente, mental y emocional, de tener que contarnos qué es lo que está pasando a nuestro alrededor constantemente. Pero no hay que olvidar que estas historias pueden estar fragmentadas, sin examinar, reflejando solo parcialmente los sucesos.

«Las personas dan sentido a sus vidas y sus relaciones relatando su experiencia. Al interactuar con otros y representar estos relatos, sus vidas se van moldeando».

(Michael White y David Epston, creadores de la terapia narrativa)

Las personas constituimos nuestra identidad a partir de las historias que nos contamos acerca de nosotros mismos. Estas dejan de ser solamente historias y moldean nuestras acciones, transformando el sentido de quienes somos. No son construidas individualmente, sino que se construyen socialmente y culturalmente, por el entorno, el contexto y las relaciones de poder existentes en la cultura. Esas serían las grandes historias. Cambiarla es posible, si la recontamos como una de vida nueva, pudiendo rescatar o hacer visibles otras que han quedado subyugadas o invisibles de la experiencia de esa persona. Cuando contamos nuestra historia elegimos ciertos eventos y los unimos en una secuencia a través del tiempo en torno a un tema particular. Cuando seleccionamos esos eventos, hay otros muchos que quedan fuera, quedando desactivadas otras posibles historias, pertenecientes a la misma vivencia. Esos espacios invisibles, que no nos contamos, no los estamos reproduciendo en nuestras vidas.

Partimos de la base de que todas las personas tenemos la habilidad de construir un significado en torno a nuestras experiencias. Por lo tanto, no hay ninguna persona que no tenga la posibilidad de enriquecer sus historias de vida hacia lugares preferidos u otras que amplíen y enriquezcan su identidad y que fomenten su sentimiento de ser capaz de mover su vida de la manera y dirección que desee.

Separar a la persona del problema a través de la externalización es una de las técnicas que White y Epston proponen a través de la terapia narrativa. El problema también forma parte de un discurso dominante. Cuando alguien vive en ese relato problemático de su vida, su identidad puede llegar a saturarse por su culpa. La clave está en tener claro que la persona nunca es el problema, el problema es el problema. Hay que separar este entonces de la identidad de la persona, dando lugar a que emerja la verdadera persona y otra descripción posible más preferencial. Esto mueve al protagonista a enfrentarlo de una manera más efectiva.

«La persona nunca es el problema. El problema es el problema».

(White y Epston)

Tengamos en cuenta que los seres humanos no somos receptores pasivos de las experiencias, sino que siempre respondemos de alguna manera y todo lo que hacemos (quedarnos callados, llorar, quedarnos quietos, etc.) también son respuestas, que tienen un sentido y están conectadas con aquello que es importante en nuestra vida. Las historias inciden directamente en nuestros pensamientos y, por tanto, en nuestras acciones. Según las historias que relatemos, en conjunto y en relación o negociando con nuestro entorno y la cultura más cercana, tendremos una idea de quiénes somos, moldeando lo que creemos y hacemos de nuestra vida.

Pongamos un ejemplo: si yo me cuento una historia acerca de que soy un fracasado estoy creyendo en un concepto que en algún momento de la historia de nuestra cultura se generó. Sin embargo, para hablar de fracaso antes ha debido existir un éxito personal. Ese éxito posiblemente esté asociado a otras historias relacionadas a la creencia de que hay que tener ciertos coches, hablar y vivir de cierta manera… Entonces, si yo me empiezo a contar la historia del fracaso personal, en función de esta historia dominante, mis acciones pudieran quedar vencidas hasta el punto de generar un suicidio, en el peor de los casos. De este modo tan dramático puede acabar la historia que nos contamos a nosotros mismos.

Esa autobiografía escrita únicamente con nuestras palabras es donde cada uno de nosotros es objeto de nuestro estudio, el «yo» sobre el «yo», que acaba convirtiéndose en objeto temático. El autor, el narrador y el personaje se convierten en uno, bajo el lema «hablo de mí, luego existo».

No hay posibilidad de conocer a un sujeto por su pasado sin tener en cuenta la forma en que lo relata. No son los hechos de ese pasado, sino las palabras y sus representaciones, las que descubren su verdad narrativa, que no tiene por qué coincidir con su verdad histórica. Cuento y me cuento a mí mismo, rememorando cada uno de los episodios vividos, aunque al hacerlo, soy otro, un personaje creado y alimentado por mí, para dar sentido a lo que soy y a lo que hago, olvidando que cuando me rememoro lo hago desde la memoria y no desde la vivencia. Esa historia que me da vida contiene el estigma del pasado, y convive con el presente como si fueran una misma cosa. Pero toda historia puede ser reconstruida, reinventada. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Acaso soy lo que fui? ¿Me baso en los hechos y trechos de mi existencia para confeccionar una trama que me oprime o me libera? ¿Puedo sustituirme por otro? ¿Cuánto de lo que evocamos en la historia que nos contamos es real? Y ¿cuánto de lo que contamos es pura invención? El olvido es la goma que borra muchos de los trozos de la historia que te dices y que proclamas al mundo. ¿Y qué hay de la ficción? ¿Sería tu mente imaginativa y creadora capaz de distinguir con precisión el tinte que hay de ella en tu relato? Hemos oído decir cientos de veces aquello de: «Míralo… si se cree sus propias mentiras». ¿Cómo podemos afirmar que esa no es una mentira, sino la propia historia que se cuenta, construida sobre una realidad sesgada? La duda, la deformación y la invención del recuerdo también conforman inconscientemente nuestra narración. Nuestra historia no es más que una interpretación de nosotros mismos, una interpretación cambiante e infinita, que intenta revelarnos nuestro verdadero «yo» bajo una personalidad construida.

«El hombre que cuenta su vida se busca a sí mismo en su historia».

Nuestro personaje tiene fe en los hechos, admite la autenticidad de lo que se dice y acepta la trama de la historia creada como cierta. Se reafirma en que lo que sucedió es verídico, aconteció realmente tal y como lo cuenta y le sucedió a ese que narra su historia, según lo explica.

La autenticidad de aquello que revelamos, poniendo el «yo» por delante, está unido a la misma autenticidad de aquello que omitimos.

La fenomenología de la memoria envuelve una historia muchas veces difuminada. ¿Por qué recordamos y olvidamos? ¿Qué fragmentos de la historia queremos recordar y por qué? ¿Cuál es el propósito de ese vacío? ¿Usamos algunos adornos como símbolo para rellenar esos huecos?

Los recuerdos no son réplicas ni copias exactas de los acontecimientos vividos, son meros registros de cómo hemos vivido emocionalmente esos acontecimientos, fragmentos que están sujetos a represión, falseamiento, creencias propias o transferidas por la sociedad, el contexto que nos cubre, las personas que nos rodean, los valores que nos sustentan…

«Recordar no es volver a vivir, recordar es volver a mentir».

(Eliseo Alberto)

Como yo lo veo, la historia que nos contamos y en cuyos cimientos construimos nuestro destino es tan ilusoria como virtual. Sin tener plena consciencia de todos los capítulos que la conforman y la intención de su enfoque, seguiremos siendo esclavos de la propia cárcel que hemos edificado. Es el subconsciente opresor quien orquesta la sinfonía de la historia de nuestra vida, controlando el qué, cómo y cuánto recordaremos de esas vivencias. Es un gran experto en distorsionar acontecimientos pasados y mezclarlos con fantasías, novelas familiares y mitos propios, convirtiéndola en una historia vendible, que en algunas ocasiones llega a ser un auténtico best seller.

Todos somos consumidores de historias ajenas y de la nuestra propia, que compramos con un acto de fe infinita, valorando la fuente como fidedigna, pasando inadvertidas prótesis fantasiosas que el propio protagonista y personaje ignora en muchas ocasiones. He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Esta es la estructura de nuestra narrativa que, como toda historia, está conectada por secuencias en el tiempo, con un principio, una trama y un final, resultado de lo que hoy somos supuestamente. Estamos tan implicados con nuestro intérprete como un actor con su personaje, que ha hecho de su papel su destino.

«La historia sería algo maravilloso si fuera cierta».

(León Tolstói)

¿Para qué confeccionamos nuestro relato? ¿Para convencernos a nosotros mismos o mostrarnos visibles ante los demás? Cuando nos hacemos historiadores de nuestra vida, dejamos de ser objetivos. Bajo el paraguas de nuestro valor moral, escribimos nuestra autobiografía no como somos, sino como creemos que somos y queremos ser o pensamos haber sido. Necesitamos dar significado a nuestra leyenda y, al mismo tiempo, ser reconocidos por quienes la escuchan.

La autoconsciencia del ser, distinguiendo el pasado, el presente y el futuro, así como la disociación del problema sobre la persona, nos abre la puerta a la creación de nuevas historias que nos impulsen hacia la plenitud de nuestra vida, reciclando las partes oscuras de nuestras vivencias a partir de experiencias positivas que reflejen nuestras fortalezas, habilidades y victorias que quedaron traspapeladas, olvidadas o reprimidas, en capítulos anteriores. Recapitular desde el «yo» presente nos permite retomar nuestra verdadera identidad.

«Cualquier vida, por muy insignificante que sea, si está bien contada es digna de interés».

(George Gusdorf)

Escribir tu vida es cambiar tu vida. Por eso la terapia narrativa descubierta por White determina cambios en el futuro, basándose en la narrativa como en una de las técnicas principales.

«Los relatos y narraciones que viven las personas condicionan su interacción, su organización, la evolución de sus vidas y relaciones que se ven condicionadas por la representaciones de tales relatos y narraciones».

(Michael White)

White describe como relatos dominantes aquellos que impiden la representación de relatos alternativos abiertos a nuevos significados. Todo relato dominante carga en su seno lo que White llama «una descripción saturada del problema».

La victimización, el deseo de mi madre a que fuese abogada, la historia de mi pareja… pueden ser relatos dominantes en la historia que me cuento. Reescribir nuestra historia es contar una historia nueva, de manera que el relato dominante se torne obsoleto. El relato determina el significado de la experiencia. Cada vez que la escribimos conectando con eventos reprimidos para hacerlos conscientes, nos focalizamos en las vivencias y los recuerdos.

¿Qué historia te estás contando? ¿Cuál sería el título? ¿Cómo te está afectando ese personaje con el que convives a diario? ¿Cuál es la moraleja?

 

THE STORY YOU TELL YOURSELF

( From the book “How to Create an Amazing Life”)

“The story you tell yourself is the song whose rhythm moves your entire life.”

Pilar L. Cárdenas

The sense we make of our lives is influenced by the stories we tell ourselves about ourselves. What we include in those stories can be both useful and helpful to us, or very harmful and self-limiting. We often feel trapped by a character we have created and by a story saturated with a problem, a problem over which we believe we have little or no influence.

Not only do we make sense of our experiences when we narrate them, we also act and exist in the world through the stories we tell ourselves. Some of these stories promote competition and well-being; others serve to restrict, trivialize, disqualify, and demotivate us to ourselves, to others, and to the people with whom we form relationships. The particular story that prevails or dominates, giving meaning to the events in our lives, will determine the nature of our life experience and our patterns of action. When a prevailing story is continuously saturated with a problem, we become prey to disappointment and misery.

By being able to tell ourselves other stories, we can become elevated, strengthened, released, revitalized about ourselves, and we can, on occasion, throw off the burdensome character that is weighing us down. Our subconscious has a mental and emotional need to have to tell us what is constantly happening around us. But we shouldn’t overlook the fact that these stories can be fragmented; if unexamined, they only partially reflect events.

“Persons give meaning to their lives and relationships by storying their experience. In interacting with others in performance of these stories, they are active in the shaping of their lives and relationships.”

Michael White and David Epston,

founders of narrative therapy

People form their identity through the stories they tell themselves about themselves. These stop being mere stories and come to mold our actions, transforming the sense we have of who we are. These stories are not constructed on an individual basis; instead, they are constructed socially and culturally by the environment, the context, and the relationships of power that exist in a culture. Those would be epic tales. Changing the story is possible if it is retold as one of new life, in which others that have remained subjugated or invisible from that person’s experience are rescued or made visible. When we tell our story, we choose certain events and join them up into a sequence over time, grouped around a certain topic. When we choose those events, we omit many others, and other possible stories belonging to the same experience become deactivated. Those invisible spaces, which we don’t tell ourselves about, aren’t being played out in our lives.

Let’s assume that every one of us has the ability to construct a meaning around our experiences. Consequently, everybody has the possibility of enhancing their life stories by taking them to preferred places or other places that broaden and enrich their identity and encourage their feelings of being able to move their life in the way or direction they want.

Separating the person from the problem through externalization is one of the techniques White and Epston propose through narrative therapy. The problem also forms part of the dominant discourse. When somebody lives inside this problematic life story, their identity can become problem-saturated as a result. The key lies in having a clear idea that the person is never the problem; the problem is the problem. It must therefore be separated from that person’s identity, allowing the true person and another, more preferential description to emerge. This prompts the protagonist to face up to the problem in a more effective manner.

“The person is never the problem; the problem is the problem.”

White and Epston

We should keep in mind that human beings aren’t passive receptors of experiences. We always respond in a certain way, and everything we do (remain silent, cry, stay still, etc.) is also a response that has a meaning and a connection to what is important in our lives. Stories directly affect our thoughts, and therefore our actions. Depending on the stories we tell ourselves, in combination, relation, or negotiating with our environment and the culture that is closest to us, we have an idea of who we are, which is what shapes what we believe and what we do with our lives.

Take this example: If I tell myself a story about my being a failure, I show my belief in a concept that came about at a certain point in the history of our culture. However, in order to be able to speak of failure, personal success must have existed prior to this. This success is possibly associated with other stories related to the belief that one must have certain cars, and speak and live in a certain way… So, if I start to tell the story of personal failure, my actions—in relation to this dominant story—might become so negated, to the point where it leads to suicide, in the worst possible scenario. The story we tell ourselves can end in such a dramatic way as this.

The autobiography that we write using only our own words is where each one of us becomes the subject of our own study, the “self” studying the subject of the “self”. Author, narrator, and protagonist become one, under the heading “I speak of myself, therefore I exist.”

It isn’t possible to know a subject by their past without taking into account the way they narrate it. It is the words and representations rather than the events of that past that reveal narrative truth, which need not coincide with historical truth. I tell myself about myself, recalling each of the episodes I’ve lived through. But when I do this, I’m someone else, a character created and nourished by me, to give meaning to what I am and what I do. I forget that when I recall myself, I do so from memory and not from experience. The story that gives me life contains the stigma of the past, and it coexists with the present as if it were the same thing. But every story can be reconstructed, reinvented. Who am I really? Is what I became really who I am? Do I base myself on the events and fragments of my existence to create a narrative that oppresses me or liberates me? Can I replace myself with somebody else? How much of what we evoke in the story do we tell ourselves is real? And how much of what we tell is pure invention? Forgetfulness is the eraser that deletes many of the pieces of the story you tell yourself and that you proclaim to the world. And what about fiction? Would your imaginative and creative mind be able to distinguish precisely how much of this colors your narrative? Hundreds of times we’ve heard: “Get him… he actually believes his own lies.” How can we be sure it isn’t a lie that is being told, but an actual story based on objective reality? Doubt, distortion, and invention in recollections also unconsciously form part of our narrative. Our story is no more than an interpretation of ourselves, an ever-changing and infinite interpretation that attempts to reveal our true “self” under a constructed personality.

“The man who tells his life story is looking for himself in his story.”

Our character places their faith in the facts, declares what they say to be authentic, and accepts the plot of the created story to be certain. The events are reaffirmed to be the truth; they took place as told, and were experienced by the narrator according to the explanation given.

When we place our “self” before everything, the authenticity of the things we reveal is united with the authenticity of the things we omit.

The phenomenology of memory envelops a story that has been blurred many times. Why do we remember and forget? What fragments of the story do we want to remember and why? What purpose does this void serve? Do we use any adornments as a symbol to fill those gaps?

Memories aren’t replicas or exact copies of the events when they took place; they are merely recordings of our emotional experience of those events, fragments that are subject to repression, distortion, beliefs we hold or that are transferred to us by society, our setting, the people around us, the values we uphold…

“Remembering isn’t living again; remembering is lying again.”

Eliseo Alberto

The way I see it, the story we tell ourselves and on whose foundations we construct our destiny is as illusory as it is virtual. Without being fully aware of all the chapters that it comprises and the intent behind our focus on them, we continue to be slaves to the prison we have built ourselves. The oppressive subconscious is what orchestrates the symphony or our life story, controlling what, how, and how much we remember of those experiences. It is a great expert in distorting past events and mixing them with fantasies, familiar novels, and our own myths, turning out a marketable story, which at times can become a real bestseller.

We are all consumers of others’ and our own stories, which we buy in an act of infinite faith, judging the source to be reliable, overlooking the fantasy-filled prostheses of which the actual protagonist and persona is often unaware. Here is what I did, what I thought, and what I became. This is the structure of our narrative which, like all stories, is connected in a sequence over time, with a beginning, a plot, and an ending, the result of which is what we supposedly are today. We are so involved in our performance, like an actor in his character who has turned his role into his destiny.

“History would be a wonderful thing, if only it were true.”

Leo Tolstoy

Why do we create our narrative? Is it to convince ourselves, or to become visible to others? When we become historians of our own lives, we are no longer impartial. Shielded by our moral values, we write our autobiography to show us not as we are, but as what we believe we are and want ourselves to be, or as what we think we could have been. We need to give meaning to our legend, and at the same time to be acknowledged by those who listen to us.

By distinguishing between past, present, and future, and dissociating the problem from the person, self-awareness of our being opens the door to the creation of new stories about ourselves. These can lead us to find fulfillment in our lives; they recycle the dark side of our experiences through positive events that reflect our strengths, skills, and triumphs that were mislaid, overlooked, or suppressed in earlier chapters. A review made from the perspective of the present “self” will allow us to regain our true identity.

“Any life, however insignificant, is worthy of interest if it is well narrated.”

George Gusdorf

By writing your life, you change your life. This is why the narrative therapy developed by White determines future changes, using narrative as one of the main techniques.

“The stories or narratives that persons live through determine their interaction and organization… the evolution of lives and relationships occurs through the performance of such stories or narratives.”

Michael White

White describes the stories that hinder the performance of alternative stories open to new meanings as “dominant stories.” All dominant stories have what White calls a “problem-saturated description.”

Victimization, my mother’s wish for me to become a lawyer, my partner’s story… can all be dominant stories in the story I tell myself. By rewriting our narrative, we can tell a new story which will make the dominant story obsolete. The story determines the meaning of experience. Each time we write it by connecting with repressed events in order to make them conscious, we focus on the experiences and memories.

What story are you telling yourself? What would its title be? How is the character you live with daily affecting you? What is the moral of the story?

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